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Pablo Ariza

El cantar de Tito
El cantar de Tito 1080 674 Pablo Ariza

Esta semana ha fallecido Tito, el pájaro que llevábamos todo el verano cuidando. Durante unos meses, ha sido una alegría para la casa con sus cantares, tanto matutinos como vespertinos. Conseguía llenar cada rincón de la casa con su melodía, convirtiéndose en orquesta cuando sus amigos del barrio le respondían. Me despedía de él cada vez que salía  y le prometía que volvería pronto, era mi burda forma de tratarlo como si nos conociéramos. Pero no les quiero engañar, no me gusta tener animales. Pienso que no son felices si no están en su hábitat. Lo nuestro era una relación de colegas, que ni se acercaba al cariño que le tenía Marijo, mi casera. Se fue en sus manos, le notamos que su hora estaba a punto de llegar y, por desgracia, no nos equivocábamos. Ahora, ya es libre, yo quería que así fuera desde el primer día, pero donde manda patrón ya saben. Eso sí, el amor amor que le ha dado ella debe ser muy parecido a la libertad. O eso quiero creer. “Tito, bonito”, fue la frase que más le repetí. Eso era todo. Les gustaba hasta a mis compañeras de trabajo que se sorprendieron del sonido que desprendía mi videollamada durante los primeros días en EL CORREO. Ya se habían acostumbrado también que a las cinco tenía que salir a la calle para devolverlo dentro. Pasaba la mañana tomando el sol en el jardín. Allí está ahora, en su propia cajita y con una florecilla clavada en la tierra. Probablemente, usted haya vivido una historia parecida y espero que la recuerde con una sonrisa. Curioso el cariño que le cogemos a un ser vivo cuando vive con nosotros. En mi casa nunca hemos sido de tener mascotas, no nos gustan, pero aún recuerdo que tuve un pez llamado Figo, era muy pequeño y fue un golpe verlo morir.

Pelota a mano
Pelota a mano 1080 674 Pablo Ariza

La entrada de este frontón está por construir. Los que conocen mi debilidad por los pueblos vascos comprenderán que mi columna no descansará en ningún sitio concreto porque todos los frontones de #AventuraPueblerina tienen algo que contar. Esta sección lleva meses ‘en construcción’, se estrenará con aforo reducido por el virus. Al César lo que es del César y quiero dejar por escrito que esta web es obra de mi amigo Andrei Balog. Verán las gradas cementadas, aún tengo que numerarlas. Pronto lo estarán para que aquellos que decidan pasarse cada semana por aquí sepan donde sentarse. Esta columna nace del picor interior por contar los vertiginosos días que llevamos meses viviendo. Qué difícil se me hace plasmar una introducción acorde a la ilusión que genera reestrenar proyecto con una nueva web de ‘Periodismo Mochilero’ y sobre todo, estrenar mi columna de ‘El Frontón’ donde jugaré pelota a mano buscando que la pared me devuelva ideas que contar.
Siempre agradeceré a mi amigo Jorge Pedrosa el empujón para intentar generar tráfico en la suya también. Esto es internet, hay que posicionarse, hiperenlazar, mover tus contenidos, no nos queda otra mientras esperamos la columna soñada. Si alguna semana no me ven por aquí, vayan a EL CORREO porque quizá mis compañeros del periódico han decidido darme un huequito por allí. En Periodismo Mochilero siempre faltan cosas por hacer, así que no se preocupen que en todas las ciudades que he vivido aún quedaban muchas cosas por hacer.  

Los refugios de fauna silvestre cogen aire
Los refugios de fauna silvestre cogen aire 1080 674 Pablo Ariza
Los dos centros de acogida vizcaínos perdieron entre el 35 y el 60% de sus ingresos anuales durante el encierro

Artículo publicado originalmente en EL CORREO el 24 de agosto de 2020.

“Eki” y “Bruno”, los dos osos de Karpín Fauna, estuvieron muy tranquilos durante los tres meses en los que no avistaron humanos desde su refugio en un entorno idílico en el valle de Karrantza. Pero, para sus cuidadores, fue un varapalo que hizo temblar los cimientos del proyecto. El confinamiento ha dejado secuelas económicas tanto a este recinto como al de Basondo, los dos centros de acogida para animales silvestres de Bizkaia. Sus puertas cerraron en el momento en que arrancaba la temporada alta, con las excursiones de los colegios, la Semana Santa y las visitas de primavera. En estos tres meses llegan a ingresar más del 60% de toda la caja anual. Ahora se encuentran recuperándose con el apoyo de visitantes procedentes mayoritariamente de Euskadi y Cantabria. Y las buenas nuevas han llegado en un “sorprendente” julio, que ha superado las cifras del mismo período de 2019.

Vivieron la reapertura con mucha incertidumbre. “Teníamos miedo de que el público se hubiera olvidado de nosotros, como cuando te despiertas de una pesadilla. Ver que la gente nos visitaba, que nos preguntaba cómo habíamos pasado todo esto o cómo estaban los animales resultó muy gratificante”, recuerda la responsable de Basondo Fauna Babeslekua, Nerea Larrabe. En Karpín, lo más importante al levantar la cancela era tener a punto todas las medidas de seguridad ordenadas por las autoridades sanitarias. Destacaba una por encima del resto: aumentar la distancia respecto a algunas especies. Había instalaciones donde la separación era de un metro, y ahora es de tres.

Nerea Larrabe, responsable de Basondo Fauna Babeslekua,

Para el refugio situado en Karrantza, el estado de alarma ha supuesto la pérdida de entre un 30 y un 35% de su recaudación. “Pasamos de golpe a no tener ingresos y los mismos pagos. Menos mal que la mancomunidad de las Encartaciones (propietarios del parque) nos ha apoyado y va a seguir apostando por el centro”. En el caso de Basondo, esta época del año es todavía más determinante para la marcha del negocio. “El confinamiento se decretó al principio de la campaña, justo en el momento en que empezamos a trabajar más duro. Representa alrededor del 60% de nuestros ingresos”, explica Larrabe.

“Se iba viendo que la situación no era buena, pero no te lo esperas. Cuando nos dijeron que teníamos que cerrar drásticamente, fue un impacto tremendo”, recuerda Markel Antón, responsable de Karpín Fauna. “Al principio nos quedamos en “shock”; intuíamos que iba para largo… Luego trabajamos mucho y tratamos de no perder la ilusión”, tercia Larrabe.

En el centro de acogida Karpín se han incrementado las visitas un 30% respecto a julio del año pasado –6.500, frente a 5.000–. “Es un dato muy significativo, porque no hemos contado con las colonias infantiles, que suelen aportar en torno a 1.500 niños”, apuntan.

Temíamos que el confinamiento se prolongara demasiado y no pudiéramos continuar

Aunque no recogen datos tan pormenorizados, el turismo extranjero tras la reapertura es “prácticamente inexistente” en el refugio de Karrantza. Su público ahora procede mayoritariamente de Euskadi y Cantabria. “Tenemos mucho turismo local del territorio vasco, incluso más que en años anteriores. Del resto del país, están viniendo bastantes de Madrid, Galicia o Cataluña. Y del extranjero, algunos de Alemania, Holanda y Francia”. En Basondo también están contentos con la respuesta de la gente: “El número de visitas está superando nuestras expectativas –reconocen–. Desde julio, todos los días estamos trabajando bien. El clima también ayuda”.

Supervivencia en peligro

Pero casi cien días sin que pase nadie por ventanilla dejan huella. “Hemos tenido cero ingresos con los mismos gastos, pues hay que dar de comer a los animales, mantener en condiciones las instalaciones, pagar a los veterinarios, seguros, agua, luz…”, enumera Nerea Larrabe, cuyo refugio destina un 20% del presupuesto anual solo a la alimentación de sus huéspedes. En Karpín, unos 3.000 euros al mes.

Los animales han vivido ajenos a la pandemia mundial, “más tranquilos aún que de costumbre”, cuenta Markel. Al contrario que en los zoos, donde muchas especies interactúan con el público, en estos recintos no se realiza ninguna actividad con ellos. “Han estado estupendamente, y eso nos ha dado mucha energía”, puntualiza Nerea.

“Si el confinamiento hubiera durado más tiempo, habríamos tenido que plantearnos el cierre –confiesa la responsable de Basondo Fauna Babeslekua–. Por eso nos parece tan importante que la gente se conciencie plenamente de la necesidad de ser estrictos con las medidas sanitarias impuestas para contener el avance del coronavirus”. Markel Antón encara el futuro de su parque desde otra perspectiva: “La Mancomunidad y la fundación nos transmitieron desde el primer día tranquilidad para seguir trabajando. Hombre, siempre tienes la sensación de que con la crisis puedan cerrarlo, pero este es un sitio en el que, sí o sí, tendríamos que seguir cuidando de los animales”.

Viaje de ida y vuelta China-Euskadi en tiempos de coronavirus
Viaje de ida y vuelta China-Euskadi en tiempos de coronavirus 1024 730 Pablo Ariza

La santurtziarra Ane Pedrosa ha vivido dos semanas encerrada en un hotel controlado por el Gobierno chino en Shenzhen

Las vacaciones en Camboya por la celebración del año nuevo chino acabaron en dos semanas de cuarentena en un hotel en Shenzhen controlado por el gobierno chino. Entre ambos destinos, un viaje de ida y vuelta entre Hong Kong, Barcelona, Santurtzi, Shanghái y por último, Shenzhen, donde trabaja. Dos meses frenéticos para Ane Pedrosa, natural de Santurtzi, en los que vivió momentos de tensión y miedo en varias fronteras asiáticas debido a la incertidumbre provocada por la COVID-19. “La diferencia es que en China la cuarentena es muchísimo más estricta”, cuenta. El férreo control sigue siendo palpable a través de un código QR necesario para acceder a cualquier lugar público: “Con eso saben dónde has estado y si has estado expuesta al virus”.

Ane, graduada en Ingeniería por la UPV, vive en Shenzhen, una metrópolis china de doce millones y medio de habitantes. Allí trabaja para una empresa de logística.  Su situación cambió mientras estaba en Camboya. En un primer momento le alargaron las vacaciones de año nuevo y acabaron diciéndole que tenía que volver a España para retomar el trabajo desde allí: “Me volví sin nada, con la ropa y documentación que llevaba de vacaciones”. Cuenta cómo la vuelta a España fue complicada, porque existían muchas restricciones.

Pasó un día entero en el aeropuerto buscando vuelos ebido a las restricciones para personas que hubiesen estado en China. “Al final tuve que ir de Camboya a Hong Kong y de ahí a Barcelona con Cathay Pacific, de las pocas aerolíneas que me dejaban volar habiendo estado en China”. En esos momentos, en muchos países muchos países europeos y asiáticos donde no la dejaban entrar. En total, un viaje de 10.000 kilómetros desde Camboya a Santurtzi.

Ya en Santurtzi hizo cuarentena autoimpuesta durante un día. “El Gobierno me dijo que, como no había estado en Hubei, no hacía falta hacerla”. Cuando llevaba más de un mes en casa la llamaron para informarle de que tenía que volver a China: “La verdad es que me lo esperaba porque ya se oían noticias de la mejoría allí y mis amigos empezaban a volver”. En España estuvo del 7 de febrero al 15 de marzo.

Volvía a Asia el fin de semana que se impuso la cuarentena aquí. En su viaje de vuelta otra vez reinaba la incertidumbre: “Tenía un vuelo a Hong Kong y después pensaba cruzar la frontera en taxi, pero en ese momento pusieron restricciones para gente de Euskadi, Madrid y La Rioja”.  Buscó vuelos directos a Shenzhen, pero había escasez de nuevo por las restricciones en Europa: “Al final, me decidí por el de Hong Kong, porque sabía que si no, no iba poder salir de España en un tiempo”. La decisión la tomó el día antes de volar.

La odisea continuaba al llegar a Hong Kong. “Llegué y no me dejaron cruzar a Shenzhen, si entraba en el país tenía que hacer cuarentena allí”.  Ane tuvo que coger un avión a Shanghai y recorrer 1.200 kilómetros, cuando la distancia entre Hong Kong y Shenzhen es de tan solo 30 kilómetros.

Una vez en Shenzhen, hizo cuarentena durante dos semanas (del 17 al 31 de marzo) en un hotel controlado por el gobierno chino. “Pasé miedo, sobre todo de que impusieran más medidas además de la cuarentena, porque mientras la pasaba las normas seguían cambiando y había muchísima incertidumbre para la gente que venía de fuera”. La comunicación a través de internet con la familia y el trabajo eran su distracción. No podía salir de su habitación bajo ningún concepto y todos los días le tomaban la temperatura por la mañana y por la tarde.

El control del gobierno sobre la población china es total. “Para entrar en todos los sitios públicos tienes que escanear un código QR, con eso saben dónde has estado y si has tenido contacto con el virus”, cuenta Ane. La principal diferencia entre España y China que ve la santurtziarra es que allí se es mucho más estricto que aquí.

Ya ha vuelto a su trabajo en Shenzhen con normalidad, pero todavía tiene reciente la odisea que pasó durante esta pandemia que ahora acecha a todos los países, mientras en China van recuperando la normalidad.

Pasé miedo sobre todo de que impusieran más medidas aparte de la cuarentena

La diferencia es que en China la cuarentena es mucho más estricta

Crónica de un viaje a casa en tiempos de pandemia
Crónica de un viaje a casa en tiempos de pandemia 1080 674 Pablo Ariza

Sirvan estas líneas como recuerdo de la tarde que crucé un país de norte a sur para volver a casa. Desde Bilbao a Antequera (Málaga). Durante unas horas puse mis cinco sentidos en apuntar todos los detalles que llamaban mi atención. Este es un relato de lo que supuso viajar durante un estado de alarma. Acompaño la crónica con algunas fotos del aspecto que presentaba el aeropuerto de ‘La Paloma’.
En la barriada de Lagunetxea dejé una habitación medio vacía, pero con las suficientes cosas que hay que dejar cuando sabes que volverás. El virus paralizó la rutina de miles de millones de personas que de la noche a la mañana se vieron confinadas. Tras un mes y medio en Bilbao esperando, por aquello de la esperanza irracional, decidí volver a casa. En este recorrido, vi dos aeropuertos con aspecto fantasmagórico y a un señor que me dejó su maleta a escasos minutos de coger el avión, entre otras anécdotas.
Días de muchos nervios en casa desde el momento en el que di a ‘confirmar compra’ del vuelo ‘VY 2611’ para el miércoles, 22 de abril, a las 18.55 horas. Mi preocupación era tal que me puse en contacto con la Ertzaintza y con la Policía Nacional para estar seguro de que mi situación no incumplía el Real Decreto que instauraba el estado de alarma. Tras un último vistazo a mi habitación, fui a la parada de taxis de mi barrio.

No recordaba Bilbao tan verde
Un taxista comentaba a otro lo aburrida que había sido la semana trabajando en el aeropuerto. Llegué con media sonrisa, porque mi destino iba a sorprender al conductor. Cargamos las maletas atrás: “Aquí podrías llevar a otra persona perfectamente”, bromeó. En el camino hacia el aeropuerto hablamos de la poca clientela que había, del descalabro que esto iba a suponer, de lo triste y solitario que es despedir a familiares en estas circunstancias. Y del Athletic y la final de Copa. “Yo estoy contento con lo de la final porque el año que viene a la Real se le van unos cuantos”. Lo iba anotando todo. Le dije que estaba como en un sueño, porque no recordaba Bilbao tan verde.

Me temblaban las piernas. Eran las 17.11 horas y entraba al aeropuerto. En una de las esquinas del exterior conversaban dos guardias civiles y dos trabajadores. Me miraron desde lejos con cierta indiferencia. Mi aspecto, con mascarilla, dos maletas y una mochila; no dejaba duda, tenía que estar volviendo a casa. Al cruzar las puertas, encontré un lugar desolador. ¿Dónde estaba la gente? ¿Cómo era posible que en las pantallas solo apareciera un vuelo? Los días anteriores intenté concienciarme de que iba a vivir algo histórico, no por eso dejó de sorprenderme. Las dos primeras personas que vi fueron una mujer mayor en silla de ruedas y un hombre más joven, que supuse sería su hijo. No dejé de fijarme en esa mujer hasta la llegada a Málaga.
Las luces eran menos potentes de lo normal, parecía un lugar después de una fiesta, en el que solo quedan los que no recuerdan dónde está su casa. El mostrador de Vueling para facturar era el único que tenía vida. Una chica colombiana estaba delante de mí. Al llegar mi turno, tomé una distancia de seguridad de por lo menos 10 metros antes de que me tocara pasar, su cara seria me preocupó. Estaban teniendo problemas con gente intentando volar sin un motivo justificado. Sus rasgos faciales se relajaron cuando dije que yo volvía a casa y le enseñé el DNI con mi dirección. “Por fin alguien que viaja a Málaga y es de allí”, dijo. Le pregunté qué pasaría con la gente que no pudiera demostrar un motivo para viajar. “Se quedarían en tierra”. Me interesé por cuántas personas íbamos a ir en el avión y me dijo que seríamos cuatro. Al final fuimos más. Incluso pensé después de hablar con ella que sería el único viajero. Un avión para mí, qué responsabilidad. Por suerte, todos pudieron volar.

“¿Qué hacía usted en Bilbao?”
Los 104 minutos que estuve en el aeropuerto se pasaron muy rápido, mi cabeza no paraba de procesar información. Un aeropuerto vacío es una fuente de historias, ese día cualquier detalle era digno de mención. Pasé el control de equipajes solo. Fui saludando uno por uno con un “buenas tardes”. Primero, al hombre colocado antes de escanear el billete; después, al que se encargaba de recordar cómo había que situar los aparatos electrónicos en otra bandeja. “Como siempre”, le dije para romper la tensión. Me veía solo con seis personas pendientes de mis movimientos. Cuatro trabajadores y dos guardias civiles.La mujer encargada del escáner de rayos X consiguió aliviarme un poco más: “Está todo perfecto, chico, buen viaje”. Al colocar mis cosas de nuevo, miré de soslayo a un guardia civil que se dirigía a la puerta por la que debía pasar en breves. Llegué donde estaba él:

— Buenas tardes, ¿por qué viaja usted a Málaga?

— Vuelvo a mi casa en Málaga. Bueno, a un pueblo, Antequera.

— ¿Qué hacía usted en Bilbao?

— Pues estaba haciendo un máster de Periodismo y con todo este tema del coronavirus no sabemos aún si volveremos en julio, agosto o septiembre, así que he decidido volverme a mi casa.

Empecé a rebuscar en mis bolsillos para sacar el DNI, pero el guardia me respondió con un “no se preocupe, está todo perfecto, que tenga usted un buen viaje”. A lo que yo respondí: “Gracias y cuídese”.

Una vez pasados los controles, solo quedaba esperar que el avión saliera. Di varios paseos por los pasillos de la terminal para hacer algunas fotos. No se veían aviones al otro lado de los grandes ventanales. Me fijé, sin embargo, en los verdes pastos que rodean el aeropuerto de Loiu.
Sentado, en uno de los bancos hasta que anunciaran la puerta de embarque, me percaté de algo que había pasado inadvertido por los nervios. El silencio. En un aeropuerto nunca hay silencio. Alguien tenía que romper esa sensación monacal. Lo hizo un hombre de avanzada edad viendo un vídeo sobre los tests PCR para detectar el coronavirus y su utilización. A todo volumen, como si quisiera que todos supiéramos que él estaba concienciado. Aparte de su teléfono, lo único que se escuchó fue la megafonía: “Debido a las circunstancias excepcionales, por favor mantengan la distancia de un metro”.

“Os tenemos a todos controlados”
A las 18.13 horas, un hombre sensiblemente alterado acudió a mí antes de subirnos al autobús que nos llevaría al avión. “Perdona, te podría dejar un momento… es que creo que me he dejado las luces del coche puestas”. Le dije que sí y soltó la maleta a un metro de mí. Con el paso de los minutos me fui impacientando, no podía quitar la vista de sus pertenencias ni de la puerta por la que debía volver.  Volví a mirar mi reloj a las 18.32 y aún no había vuelto. Justo cuando me decidí a comentárselo a la trabajadora del aeropuerto que había por allí, llegó. Sudando a chorros y pidiéndome disculpas por no haberme dado más explicaciones: “Me había dejado las luces encendidas del coche, menos mal que he ido, si no cualquiera llama a la grúa cuando vuelva”. Cosas del día a día, menos mal que no se imaginó que se había dejado las llaves de casa puestas en la puerta. La trabajadora me dijo: “No te preocupes, sois tan poquitos que os tenemos a todos controlados”. 

Cogimos el autobús hacia el avión ocho personas. Se volvió pequeño, en los escasos minutos que duró el trayecto pensé en cómo sería nuestra vuelta a la normalidad. Como un flash, pasó delante de mí la imagen del metro de Bilbao en hora punta. Solo un avión en pista, la fotografía era desoladora.
Fila 27 del avión. Olor fuerte al entrar, debe oler así cuando desinfectan. Nos colocaron en filas muy separadas, casi no nos veíamos. 18.56 el avión comienza a despegar. Nada que señalar, un vuelo muy tranquilo. Fue lo más normal que pude sentir durante la tarde.

A las 19.58 el comandante anunció “tripulación, 15 minutos”. Tocamos tierra a las 20.11. Me sorprendió ver el parking de Plaza Mayor, un centro comercial siempre repleto, totalmente vacío. La pista del aeropuerto de Málaga parecía tener más vida que la de Bilbao. Era solo un espejismo, el silencio que  sentimos en los pasillos fue mayor que en Loiu. Cuando llegamos a las cintas nuestras maletas ya estaban allí. “Caballero, ¿sabe usted cuántos vienen en el vuelo?”, me preguntó un trabajador. Somos diez, respondí. Será complicado olvidar que viajé en un avión con nueve personas más y algunas de esas caras van a quedar reflejadas en mi memoria.
La autovía A-45 estaba totalmente vacía. A partir de ahí, fue más complicado fijarse en detalles, iba pendiente de la conversación con mi padre. Antequera nos recibió con un atardecer rojizo. Los nervios se disiparon al llegar a casa, ver a mi madre y ya sí, sentirme seguro en casa.

Artículo publicado originalmente en ‘Relatos en tiempos de pandemia’.

“Si yo lo estoy pasando mal, ¿cómo lo estará pasando alguien que acaba de empezar terapia?”
“Si yo lo estoy pasando mal, ¿cómo lo estará pasando alguien que acaba de empezar terapia?” 1024 512 Pablo Ariza

Artículo publicado originalmente en ‘Relatos en tiempos de pandemia’

“Quédate en casa”. Esta es la consigna más repetida durante la cuarentena provocada por el COVID-19. Pero qué ocurre cuando la peor pesadilla está contigo durante el encierro. “Si yo lo estoy pasando mal, ¿cómo lo estará pasando alguien que acaba de empezar rehabilitación?” Así ideó el reto #YoMeQuedoEnCasaSinJugar el estudiante de periodismo Alejandro Torre (Fuengirola, Málaga). Lleva dos años en rehabilitación a causa de su ludopatía y ahora busca concienciar en redes sociales sobre la difícil situación que viven los adictos en tiempos de cuarentena.

La etiqueta consiguió en marzo un alcance de casi 80.000 personas en Twitter. Esta iniciativa le vino a la cabeza viendo el hashtag #yomequedoencasa. En ese momento pensó cómo lo estaría pasando alguien que acabara de empezar el proceso de rehabilitación. Sus amigos le contaban que estos días estaban pasando muchas horas jugando al FIFA. “Lo que para una persona es un recurso normal para matar el tiempo, para alguien con adicción puede suponer la ruina”. La intención era que se sumaran personas que no tuvieran este problema y que estuvieran concienciadas. Al reto se han unido ya más de 60 personas, según estadísticas de la web Tweet Binder.

No existen datos que establezcan las consecuencias causa-efecto entre estar confinado en casa y seguir apostando a juegos de azar por internet. “Los psicólogos están preocupados porque no hay ningún antecedente de una situación parecida”, cuenta Torre. Él se encuentra en el segundo de los tres niveles que hay en rehabilitación. Este mes se suponía que iba a pasar al tercero y último, pero el aislamiento ha trastocado los planes. Ahora las terapias grupales las mantienen de manera virtual a través de la plataforma Zoom. “Las adicciones no dejan de ser enfermedades y se curan en terapias con relaciones interpersonales”. Valora el trabajo que están haciendo los psicólogos estos días y reconoce que Raquel, su psicóloga, es un ángel que se cruzó en su camino.

“Ayer me llamaba uno que había ahorrado y había conseguido saldar esa última deuda que le quedaba”. En estos días de encierro, mantiene el contacto con sus compañeros de la Asociación Malagueña de Jugadores de Azar en Rehabilitación (AMALAJER) para saber cómo les va. “A las personas que llevan menos en el tratamiento se les hace más cuesta arriba”. Los define como una pequeña familia en la que todos arriman el hombro para salir adelante.

Torre compagina sus estudios en Periodismo con su trabajo en la plataforma ‘Málaga contra las casas de apuestas’. El colectivo, que lleva tres meses en activo, lo componen vecinos de los barrios más humildes de la capital costasoleña. “A ninguno le gusta la proliferación de los salones de juego en los barrios más humildes de nuestra ciudad”.

Málaga es la provincia con más salones de juego de toda Andalucía. Y la localidad de Fuengirola, de donde es natural Torre, es el municipio malagueño que más tiene por kilómetro cuadrado. Hay 16  en diez kilómetros cuadrados.

En las dos manifestaciones que han llevado a cabo contra estos locales lo que más le sorprendió fue ver a tantas abuelas que van allí por sus nietos: “Me recuerda a las imágenes que se veían cuando las madres gallegas se echaron a la calle en los 80”.

Torre lleva meses advirtiendo del problema tan grande que se generará dentro de 10 años. “Los porcentajes de gente joven jugando son terroríficos, somos el país con más ludópatas de entre 14 y 21 años de Europa”. Denuncia que lo han tachado de alarmista al decir que los salones de juego crean delincuencia en el barrio. “Yo sé lo que es la desesperación por conseguir dinero a toda costa”. Finaliza diciendo que a las personas como él se les pide algo muy sencillo: “Que hoy no juguemos”. Mañana será otro día.

El niño ruso que vivió en un cementerio
El niño ruso que vivió en un cementerio 800 492 Pablo Ariza

Artículo publicado originalmente junto a Ana G. Zaratiegui en EL CORREO el 1 de marzo de 2020.

Estamos en un pueblo cercano a Moscú. Años 90. La caída de la Unión Soviética aún está reciente. La madre biológica de Andrei muere y una vecina se hace cargo de él. Un día el niño desaparece y la policía lo encuentra tiempo después famélico en un cementerio. No saben cómo llegó allí. Su actual padre, Manuel, aún se emociona al recordar la historia. Él y su esposa lo acogieron cuando tenía seis años y se recuperaba en un sanatorio. Andrei se convirtió en el primer niño ruso adoptado en España, dos años antes de la firma del Convenio de La Haya (1996). Ahora este matrimonio de Madrid tiene cuatro hijos: Andrei, Katia, Emilia y Miguel, todos ellos nacidos en la capital rusa. Es la historia de la familia Luna Campos.

Rusia llegó a las vidas de Manuel y Mercedes tras haber agotado otras muchas opciones de paternidad. Conocían la situación de la antigua Unión Soviética tras la Guerra Fría, Manuel se sentía muy atraído por el país: «Lo que sobraban allí eran niños por todas partes». Sin precedentes ni mecanismos que regulasen la adopción internacional, decidieron probar suerte en Moscú. Fue una lucha personal. No tuvieron problemas administrativos, pero fueron necesarios muchos papeles, contactos en el país y viajes para conseguir su objetivo: «El gobierno español y el ruso no se comunicaban, pero sorprendentemente se coordinaron muy bien», apunta Mercedes. Y como pioneros se lanzaron a la aventura: «No había móviles, yo llegué allí con un mapa dibujado a lápiz, pero con la ilusión que tienes haces lo que sea».

En sus numerosos viajes se interesaron por conocer el país: «En las tiendas todavía utilizaban ábacos y todo era muy barato, me parecía un paraíso», apunta la mujer. Ella siempre iba a un bar repleto de gente que hacía cola para tomar un desayuno tradicional. Era su forma de conocer la cultura y descubrir la calidez del pueblo ruso para después transmitírsela a sus hijos: «Es muy importante que ellos vean su país con normalidad, que mantengan sus orígenes, y eso se consigue con experiencias, con lo que les cuentas que has vivido».

Andrei fue el primero en llegar a la familia. Mercedes recuerda un pasillo oscuro y a su hijo sentado al fondo en una silla. «Le quité el gorrito de lana y me pareció impresionante. Un angelito». Aquel niño sintió que aquella mujer era su madre. En el avión de vuelta gritaba en ruso «a España, a España». La primera vez que Manuel le vio en Moscú fue acompañado de un psicólogo: «Le llevaba una mochila y lo primero que pidió fue una manzana y una galleta».

Carencias psicológicas

Su padre no es capaz de hablar sin emocionarse sobre la estancia de su hijo tras las tapias de un cementerio ruso. Allí fue encontrado por la Policía y trasladado a un sanatorio en un pésimo estado de salud. Es su madre la que tiene que acabar de contar esta historia porque «Manuel es muy emotivo y lo manifiesta mucho». Para ese niño de seis años una manzana era mejor que cualquier juguete: «Ningún niño que esté destinado a ser adoptado lo ha pasado bien, tienen serias carencias, sobre todo psicológicas», cuenta. Ambos coinciden en que el instante en el que conocieron a su hijo es «un momento para toda la vida y no tiene descripción».

La experiencia del primer niño ruso adoptado en España tuvo mucha repercusión: «Tuvo tanta que nos vimos obligados a crear una asociación». Habla Manuel, que preside la Asociación Internacional para la Protección y Ayuda a los Menores del Este (AIPAME). La historia llegó a los medios de la época y le dedicaron un programa de televisión, donde se evocaba la adopción de Andrei. Los niños del frío era el título.

Ser el primer ruso adoptado nunca suscitó en él demasiado interés: «No piensa en eso, nos ayuda mucho con los temas de la Asociación y en algunas conferencias», dice Mercedes. Ahora, Andrei tiene 33 años y, tras haber trabajado en una empresa, se está sacando el carnet de conducir camiones. Prefiere el anonimato. Por esa razón ninguna fotografía suya ilustra este reportaje.

El matrimonio decidió dar hermanos a Andrei y continuar adoptando en Rusia. Katia es la segunda en llegar a la casa de los Luna Campos, en 1997. Tenía 11 años y el Convenio de la Haya ya estaba en vigor. En Moscú pensaban que podía tener un problema de corazón, pero al llegar aquí resultó que no era nada. Ahora tiene 34 años y se ha buscado la vida enrolándose en el Ejército.

Dos años después adoptaron a Emilia, con tres años. Nació con neumonía, transmitida por su madre biológica durante el embarazo, y con un año la tuvieron que operar de urgencia. Desde entonces solo tiene un pulmón: «Los médicos decían que me iba a morir», explica ella misma. Los dos años siguientes los pasó en un orfanato, y allí conoció a los que serían sus padres. Al igual que sus hermanos, mantuvo su nombre de nacimiento, pero en el juicio de la adopción añadió otro, ahora es Emilia Desiré.

A los 15 años tuvo un vacío personal: «Una noche sentí que necesitaba saber algo, ahí fue cuando mi madre me contó mi historia», confiesa. Así descubrió que sus progenitores eran de Kirguistán y musulmanes: «Mi padre no me reconoció, mi madre me dejó en el orfanato por cuestiones religiosas y familiares, y le estoy muy agradecida, si no me hubieran matado».

En 2009 decidió visitar el sitio en el que volvió a nacer: el hospital de Moscú en el que la operaron. Allí conoció al doctor que la había tratado cuando aún no era médico: «Gracias a ti estudié Medicina», le dijo él en ese reencuentro. Le quitaron el pulmón derecho. Con el paso del tiempo, el que le queda se ha ido moviendo hacia la parte derecha de su cuerpo.

Este año cumple 25 y está a punto de terminar la carrera de Psicología. El sueño de Emilia es especializarse en adopciones y ayudar a otros niños: «Yo más que nadie sé qué implica y qué es ser adoptada». Su decisión nace de una vocación profesional y personal: «Puedo ayudar a otras personas, pero también a mí misma».

«Quiero un hijo»

Reconoce que ella tuvo la suerte de ser abierta afectivamente con su entorno, pero sabe que no todos reaccionan así: «El niño es una persona vulnerable, necesita atención y yo quiero ayudar en lo que pueda». Para ella también es muy importante crear una familia: «Quiero un hijo. Voy a hacer lo posible para tenerlo y la adopción es una de las opciones».

Miguel fue el último en llegar. Los rusos lo etiquetaron en el peor de los niveles de salud, el quinto, por el hecho de ser mulato. «Como nadie le iba a adoptar, los rusos lo tenían con los niños con Síndrome Down», explica emocionado Manuel.

Haciendo repaso, el matrimonio Luna Campos confiesa que repetiría todos sus pasos, a pesar de que el coste medio de una adopción en Rusia ronda los 17.000 euros, sin incluir viajes ni estancia, lo que les ha dejado con los años en una precaria situación económica.

«Hemos tenido que hipotecar dos veces nuestra casa». Todos los meses deben hacer frente a nueve créditos. Cuando Manuel creó la asociación dejó su trabajo y se centró exclusivamente en las adopciones. Ahora buscan alternativas para sobrevivir: «Con 62 años me he puesto a cavar en una finca porque necesito dinero de donde sea». No le quedan ahorros. «La herencia de mi padre está agotada», dice. «Antes manejábamos muchos expedientes, pero ya no». Para Manuel ha llegado la hora de tomar una de las decisiones más duras desde que pisaron Rusia por primera vez: «Es el momento de cerrar».

Uno de los cárteles colgados por Relámpago Verde en Antequera
Un relámpago verde para Antequera
Un relámpago verde para Antequera 1080 674 Pablo Ariza

Dos jóvenes de la localidad comenzaron en marzo a recoger la basura de los senderos, ahora les acompañan más de 50 personas

En una de sus recogidas llegaron a recoger hasta dos toneladas de basura, más de 70 bolsas, en un sendero que va hacia el Nacimiento de la Villa de Antequera. El origen de las recogidas de Relámpago Verde fue una bolsa de basura encontrada en el río Guadalmedina a su paso por Benahavís. Este grupo de Facebook, creado por dos jóvenes antequeranos, ya lo conforman más de 150 personas que se han ido concienciando sobre la importancia de cuidar la naturaleza de forma activa. Miguel Ángel Muñoz y Lorena González son los fundadores y no esperaban este crecimiento tras reunir a tan solo tres personas en su primera recogida en El Torcal. Allá por donde pasan dejan una huella en forma de cartón: «La basura no habla, pero sí dice muchas cosas de ti».

Al primer evento en el paraje natural de El Torcal fueron tres personas y ahora son más de 50 las que se unen a las recogidas. La edad del grupo es muy variada, con el respeto a la naturaleza como punto en común. “Nos sorprendió que la gente más fastidiada es la que más conciencia tiene, quizá faltan personas de 20 a 30 años”, admite su presidente. La duración de las recogidas es de dos horas y media. En ese tiempo se pueden coger hasta dos toneladas, cifra récord que consiguieron entre el Cerro de San Cristóbal y el Nacimiento de la Villa, lo que suponen entre 70 y 80 bolsas de basura. En otra de sus salidas acumularon 800 kilogramos en una parcela de 500 metros en el Polígono.

Esta idea surgió en uno de sus paseos por la naturaleza. “Cuando nos dimos cuenta de la cantidad de basura que había en la naturaleza fue en un sendero que hicimos por el río Guadalmedina (Benahavís)”, cuenta Lorena González, vicepresidenta de Relámpago Verde. La primera bolsa la puso Miguel Ángel Muñoz, el presidente. “Empecé recogiendo con una bolsa que encontramos en el mismo río, de ahí hasta hoy”. En marzo del año pasado pusieron en marcha su página de Facebook donde organizan todos sus eventos. “Al principio teníamos un poco de miedo porque la gente podía pensar que éramos unos bichos raros y estábamos haciendo algo mal”, cuenta Muñoz.

El nombre elegido para el proyecto tiene un significado para ambos términos: “El relámpago es lo que suena y se ve, queremos que sean acciones verdaderas, rápidas y no se queden solo en palabras. El verde es de esperanza y de ambiental”, explica la vicepresidenta. Entre sus objetivos está que futuras generaciones puedan disfrutar de la naturaleza tal y como nuestros mayores pudieron hacerlo.

Se definen como una Asociación Medioambiental preocupada por lo más cercano. La importancia de la “basuraleza”, residuos abandonados en entornos naturales, es uno de sus principales argumentos a la hora de concienciar. González explica cómo sintieron la necesidad de crear algo relacionado en Antequera: “Empezamos a ver si la gente se podía ir concienciando y cuando tú recoges te das cuenta de lo que una sola persona puede influir en el medio”.

Son conscientes de que la capacidad de acción del individuo es limitada. “Si la gente se empieza a asociar, empiezan a difundir lo que van haciendo y cala en la sociedad, se logrará modifica la demanda y cambia la forma de actuar de las empresas”, explica Muñoz.

El proyecto abarca más iniciativas como charlas en colegios y colaboraciones con Resurgir Proyecto Hombre. Entre sus planes más cercanos está la creación de una vía verde entre el cerro de San Cristóbal al Nacimiento de la Villa que une la ciudad con El Torcal. Para González “2020 va a ser el año del planeta, que va a haber un cambio verdadero y no se va a quedar solo en palabras”.

Los mayores problemas los han tenido en cotos privados. “Nos hemos dado cuenta de dos cosas, casi todo el monte pertenece a alguien y la cantidad de actividad cinegética, la caza, que hay en los montes”, apunta Muñoz. Lamentan que se respete más la cacería que la recogida o ayuda a la naturaleza.

David, miembro prejubilado y vecino del barrio de San Miguel, ha sacado más de 120 bolsas de basura él solo en la Moraleda. «Esa zona necesita una solución porque por ahí pasa el río de la Villa, los residuos van hacia el polígono y al final acaban en el Guadalhorce», indica González. Tras cada recogida dejan un cartel informativo en la zona que refleja el motivo por el que comenzaron: «La basura no habla, pero sí dice muchas cosas de ti».

La previa de un Derbi Vasco en San Mamés
La previa de un Derbi Vasco en San Mamés Pablo Ariza

Diez meses ya desde aquel sábado 16 de diciembre del 2017, en el que coincidiendo con mi estancia en Bilbao, estuve fotografiando y grabando la previa del derbi vasco entre el Athletic Club de Bilbao y la Real Sociedad de San Sebastián. Encuentro histórico en el fútbol español, rivalidad sana y ejemplar entre dos equipos que presumen de tener las canteras más prolíficas de España: Lezama y Zubieta.

Bilbao amaneció oscura, imposible saber mirando al cielo un pronóstico del partido, ¿o sí? Resultado: cero a cero. Lo que viene siendo un día en Bilbao, que ni llueve a mares, ni deja de llover, ni para ti, ni para mí, sirimiri. Mientras aún remoloneaba en la cama imaginándome que era yo el que tenía que saltar al verde siete horas después, me preguntaba si todo el mundo estaba al tanto de que ese día había un Derbi Vasco. En el Café de Deusto a eso de las nueve de la mañana ya estaba la bandera del Athletic puesta en la puerta*.

Al estadio asomé con mi antigua Canon 1100D en torno a la una menos cuarto del mediodía, la lluvia era la principal protagonista del día. Mi cámara tenía que sufrir una de sus últimas contiendas frente a la lluvia si quería llevarme algo decente para Periodismo Mochilero. Estuvo diluviando durante dos horas, en las que me refugié en diferentes zonas techadas de la mítica calle del Licenciado Poza, donde los aficionados se reúnen antes y después de los partidos.

La fachada de SOÑAR (segunda foto de la galería) tan característica en las postales de los que visitan San Mamés fue un presagio de cómo cambiaría el tiempo, arcoiris incluido, una hora antes del encuentro. La fraternidad entre ambas aficiones era palpable en los aledaños de La Catedral y un ejemplo a admirar entre rivales que por encima de todo se valoran y respetan.

A media hora para que comenzara, el sol ya sí hizo que el cielo pasara a un segundo plano en el “bocho” (en euskera botxo), como cariñosamente se conoce a la villa de Bilbao. Siento si defraudo a estas alturas, pero no tenía entrada. Cuando comenzó el encuentro volví a casa para disfrutar de un partido que acabó convirtiéndose en siesta. La historia sumó un derbi vasco más para Leones y Txuri-urdines, mientras que servidor se quedó con la sensación de haber podido disfrutar de otra tradición del pueblo vasco. 

*Cuando juega el Athletic, todos los bares de la ciudad sacan la bandera rojiblanca a la puerta, porque es importante que la gente no se olvide que ese día, sea cual sea, juega el Athletic.

A la persona que me dio a conocer el Athletic, mi tío Fernandito.



Día de la Constitución Española en una Villa de Euskadi
Día de la Constitución Española en una Villa de Euskadi 1080 674 Pablo Ariza

Más de un centenar de personas se dieron cita el 6 de diciembre en Durango, Vizcaya, convocadas por la red Independentistak, bajo el lema “Viva la República Vasca”. Josep María Nogué Estaré, de la Asamblea Nacional Catalana encabezó la manifestación junto al colectivo independentista. La marcha tuvo una duración de 45 minutos y finalizó en Landako Gunea con el acto político.