El niño ruso que vivió en un cementerio

[vc_row][vc_column][vc_column_text]Artículo publicado originalmente junto a Ana G. Zaratiegui en EL CORREO el 1 de marzo de 2020.

Estamos en un pueblo cercano a Moscú. Años 90. La caída de la Unión Soviética aún está reciente. La madre biológica de Andrei muere y una vecina se hace cargo de él. Un día el niño desaparece y la policía lo encuentra tiempo después famélico en un cementerio. No saben cómo llegó allí. Su actual padre, Manuel, aún se emociona al recordar la historia. Él y su esposa lo acogieron cuando tenía seis años y se recuperaba en un sanatorio. Andrei se convirtió en el primer niño ruso adoptado en España, dos años antes de la firma del Convenio de La Haya (1996). Ahora este matrimonio de Madrid tiene cuatro hijos: Andrei, Katia, Emilia y Miguel, todos ellos nacidos en la capital rusa. Es la historia de la familia Luna Campos.

Rusia llegó a las vidas de Manuel y Mercedes tras haber agotado otras muchas opciones de paternidad. Conocían la situación de la antigua Unión Soviética tras la Guerra Fría, Manuel se sentía muy atraído por el país: «Lo que sobraban allí eran niños por todas partes». Sin precedentes ni mecanismos que regulasen la adopción internacional, decidieron probar suerte en Moscú. Fue una lucha personal. No tuvieron problemas administrativos, pero fueron necesarios muchos papeles, contactos en el país y viajes para conseguir su objetivo: «El gobierno español y el ruso no se comunicaban, pero sorprendentemente se coordinaron muy bien», apunta Mercedes. Y como pioneros se lanzaron a la aventura: «No había móviles, yo llegué allí con un mapa dibujado a lápiz, pero con la ilusión que tienes haces lo que sea».

En sus numerosos viajes se interesaron por conocer el país: «En las tiendas todavía utilizaban ábacos y todo era muy barato, me parecía un paraíso», apunta la mujer. Ella siempre iba a un bar repleto de gente que hacía cola para tomar un desayuno tradicional. Era su forma de conocer la cultura y descubrir la calidez del pueblo ruso para después transmitírsela a sus hijos: «Es muy importante que ellos vean su país con normalidad, que mantengan sus orígenes, y eso se consigue con experiencias, con lo que les cuentas que has vivido».

Andrei fue el primero en llegar a la familia. Mercedes recuerda un pasillo oscuro y a su hijo sentado al fondo en una silla. «Le quité el gorrito de lana y me pareció impresionante. Un angelito». Aquel niño sintió que aquella mujer era su madre. En el avión de vuelta gritaba en ruso «a España, a España». La primera vez que Manuel le vio en Moscú fue acompañado de un psicólogo: «Le llevaba una mochila y lo primero que pidió fue una manzana y una galleta».

Carencias psicológicas

Su padre no es capaz de hablar sin emocionarse sobre la estancia de su hijo tras las tapias de un cementerio ruso. Allí fue encontrado por la Policía y trasladado a un sanatorio en un pésimo estado de salud. Es su madre la que tiene que acabar de contar esta historia porque «Manuel es muy emotivo y lo manifiesta mucho». Para ese niño de seis años una manzana era mejor que cualquier juguete: «Ningún niño que esté destinado a ser adoptado lo ha pasado bien, tienen serias carencias, sobre todo psicológicas», cuenta. Ambos coinciden en que el instante en el que conocieron a su hijo es «un momento para toda la vida y no tiene descripción».

La experiencia del primer niño ruso adoptado en España tuvo mucha repercusión: «Tuvo tanta que nos vimos obligados a crear una asociación». Habla Manuel, que preside la Asociación Internacional para la Protección y Ayuda a los Menores del Este (AIPAME). La historia llegó a los medios de la época y le dedicaron un programa de televisión, donde se evocaba la adopción de Andrei. Los niños del frío era el título.

Ser el primer ruso adoptado nunca suscitó en él demasiado interés: «No piensa en eso, nos ayuda mucho con los temas de la Asociación y en algunas conferencias», dice Mercedes. Ahora, Andrei tiene 33 años y, tras haber trabajado en una empresa, se está sacando el carnet de conducir camiones. Prefiere el anonimato. Por esa razón ninguna fotografía suya ilustra este reportaje.

El matrimonio decidió dar hermanos a Andrei y continuar adoptando en Rusia. Katia es la segunda en llegar a la casa de los Luna Campos, en 1997. Tenía 11 años y el Convenio de la Haya ya estaba en vigor. En Moscú pensaban que podía tener un problema de corazón, pero al llegar aquí resultó que no era nada. Ahora tiene 34 años y se ha buscado la vida enrolándose en el Ejército.

Dos años después adoptaron a Emilia, con tres años. Nació con neumonía, transmitida por su madre biológica durante el embarazo, y con un año la tuvieron que operar de urgencia. Desde entonces solo tiene un pulmón: «Los médicos decían que me iba a morir», explica ella misma. Los dos años siguientes los pasó en un orfanato, y allí conoció a los que serían sus padres. Al igual que sus hermanos, mantuvo su nombre de nacimiento, pero en el juicio de la adopción añadió otro, ahora es Emilia Desiré.

A los 15 años tuvo un vacío personal: «Una noche sentí que necesitaba saber algo, ahí fue cuando mi madre me contó mi historia», confiesa. Así descubrió que sus progenitores eran de Kirguistán y musulmanes: «Mi padre no me reconoció, mi madre me dejó en el orfanato por cuestiones religiosas y familiares, y le estoy muy agradecida, si no me hubieran matado».

En 2009 decidió visitar el sitio en el que volvió a nacer: el hospital de Moscú en el que la operaron. Allí conoció al doctor que la había tratado cuando aún no era médico: «Gracias a ti estudié Medicina», le dijo él en ese reencuentro. Le quitaron el pulmón derecho. Con el paso del tiempo, el que le queda se ha ido moviendo hacia la parte derecha de su cuerpo.

Este año cumple 25 y está a punto de terminar la carrera de Psicología. El sueño de Emilia es especializarse en adopciones y ayudar a otros niños: «Yo más que nadie sé qué implica y qué es ser adoptada». Su decisión nace de una vocación profesional y personal: «Puedo ayudar a otras personas, pero también a mí misma».

«Quiero un hijo»

Reconoce que ella tuvo la suerte de ser abierta afectivamente con su entorno, pero sabe que no todos reaccionan así: «El niño es una persona vulnerable, necesita atención y yo quiero ayudar en lo que pueda». Para ella también es muy importante crear una familia: «Quiero un hijo. Voy a hacer lo posible para tenerlo y la adopción es una de las opciones».

Miguel fue el último en llegar. Los rusos lo etiquetaron en el peor de los niveles de salud, el quinto, por el hecho de ser mulato. «Como nadie le iba a adoptar, los rusos lo tenían con los niños con Síndrome Down», explica emocionado Manuel.

Haciendo repaso, el matrimonio Luna Campos confiesa que repetiría todos sus pasos, a pesar de que el coste medio de una adopción en Rusia ronda los 17.000 euros, sin incluir viajes ni estancia, lo que les ha dejado con los años en una precaria situación económica.

«Hemos tenido que hipotecar dos veces nuestra casa». Todos los meses deben hacer frente a nueve créditos. Cuando Manuel creó la asociación dejó su trabajo y se centró exclusivamente en las adopciones. Ahora buscan alternativas para sobrevivir: «Con 62 años me he puesto a cavar en una finca porque necesito dinero de donde sea». No le quedan ahorros. «La herencia de mi padre está agotada», dice. «Antes manejábamos muchos expedientes, pero ya no». Para Manuel ha llegado la hora de tomar una de las decisiones más duras desde que pisaron Rusia por primera vez: «Es el momento de cerrar».[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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